Les propongo un juego para despertar la imaginación
Les propongo un juego con el que pasaba el tiempo con los amigos cuando llovía, y os puedo asegurar que engancha y te ries bastante. El juego consiste en escribir el principio de una historia e ir continuándola cada uno,es decir, yo escribo algo y lo dejo,luego viene otro y continua escribiendo donde yo lo deje, y así sucesivamente.
Yo les pongo el principio de la historia y ustedes continuan si quieren.
Comenzó a sonar el despertador, sonó como nunca, normalmente so-lía desconectarlo a la primera, pero aquella mañana tardó mas de la cuenta, y a mí, esos sonidos tan fríos me iban cortando la respiración poco a poco, el pulso se aceleró, un sudor frío me recorrió todo el cuerpo y las piernas parecían de goma. Decidí levantarme de la cama e ir al cuarto, tras varios amagos, logré ponerme en pie, la habitación (por llamarlo de alguna forma) se reveló contra mí, parecía una noria, y yo me sentía como la ropa sucia metida en la lavadora y en pleno centrifugado. Lentamente y muy torpe-mente fui dejando atrás mi habitación y cada vez notaba más cerca esos sonidos tan fríos. Me acerqué sigilosamente a la habitación de mi amiga, aunque solamente nos separaban dos metros, fueron los doscientos centí-metros más largos de toda mi vida, respiré profundamente y acaricié sua-vemente el picaporte, abrí la puerta y el mundo se me vino encima, sobre la cama tendida se encontraba ella, mi amiga de toda la vida, me acerqué a su cuerpo desnudo y en sus muñecas pude divisar la puerta de la muerte, en el suelo se podía apreciar una gran marea roja, sobre ella había una nota con sus últimas palabras, la cogí con mi mano temblorosa y comencé a leerla:

Marilia dijo
Con un juego similar me entretenía yo hace tiempo; sólo que dejaba ver únicamente la última frase, teniendo que imaginar el resto. Salían cosas disparatadas...
No estoy en mi mejor momento de inspiración, pero recojo el legado:
"Aún siendo la soledad la nada, el vacío, es una de las más grandes cosas que he conocido"
Mi corazón acelaraba el ritmo a medida que los latidos del suyo se desvanecían. Un hilo de vida exhalaba de su boca, tan fino como el que poco a poco se escapaba rojo de sus muñecas.
En su cara un gesto dulce y triste había quedado abandonado. Quizás triste por lo dejaba en este mundo; quizás dulce por lo que esperaba encontrar en el otro... La perenne palidez de su rostro se había acentuado aún más; el rojo que yacía sobre el suelo le había robado el color. Casi, casi me lo estaba robando a mí también, como robándome estaba la capacidad de reacción.
Quise llamar a emergencias. Es lo que mi moralmente estaba obligaba a hacer. Pero ¿quién era yo para negarle el último deseo, para que en su vida hubiese una frustración más que fuese el intento fallido de abandonarla? ¿Quién era yo para jugar a ser Dios y decidir quién debía morir o cumplir sus deseos? Sólo hubiese anhelado que sus deseos fuesen otros, y que las fuerzas que tan lentamente se desvanecían las hubiese utilizado para alimentar sus sueños, para darle esas alas que para ellas, subjetivamente, serían siempre como las de Ícaro.
En ese momento, sólo entonces, con su cuerpo dejando escapar el último suspiro, y con su imagen borrosa por mis lágrimas y la confusión, le dije que la quería. Debía habérselo dicho antes; debía haberle hecho sentir que no estaba tan sola como pensaba. Si sólo hubiese observado con un poco más de detenimiento su alrededor se habría dado cuenta que su soledad, esa que compartía con tanta gente junto a ella, era sólo un fantasma que siempre quiso alimentar
Que continúe el siguiente...
2 Agosto 2006 | 01:01 AM